Discrepancia y conflicto

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Nunca en mi vida aprendí nada de ningún hombre
que estuviera de acuerdo conmigo.
Dudley Field Malone


El conflicto no es necesariamente nada malo y discrepar, todavía menos. Discrepar es compartir un punto de vista distinto y contrastarlo. A menudo tendemos a mirar las cosas a través de un solo cristal, con una sola mirada, desde nuestra posición de convencidos observadores privilegiados.

Discrepar y poner en contraposición unas ideas frente a otras no puede hacer más que enriquecer la calidad de las decisiones que tomemos, permitirnos adquirir mayor y mejor información y analizar mejor los contextos y las circunstancias en las que debemos hacerlo.

Ahora bien, discrepar y debatir no puede - nunca - convertirse en un diálogo de sordos ni en una negociación convencional en la que cedemos sin estar convencidos para alcanzar un acuerdo de mínimos que no convence a nadie.

A la discrepancia hay que llegar con los ojos abiertos y el resto de los sentidos atentos al entorno. Hay que llegar con ganas de aprender y de tomar la mejor de las decisiones posibles.

Una reflexión de última hora - he pensado en ella mientras escribía los anteriores párrafos - ¿Cómo podemos asegurarnos de que vamos con ese estado de ánimo a una discrepancia? Cuando nos olvidamos de nosotros, de nuestros intereses, de nuestra imagen, de nuestro ego y nos centramos en algo que ha acabado convirtiéndose en cursi pero que no deja de de ser algo crucialmente importante: el bien común.

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