Almas que se unen

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No sé de que están hechas las almas, 
pero la mía y la suya son una sola. 
Emily Brontë


Yo sí sé de que están hechas las almas o al menos creo saberlo. 

Están hechas de pasado: de experiencias, de cicatrices, de errores y de aciertos, de medallas y de esfuerzos, de penas y alegrías... Pero están hechas también de presente: de sueños, de ilusiones, de ganas de hacer y compartir cosas, de retos y de objetivos, de momentos de recogimiento y de introspección, de minutos vividos con pasión y equilibrio.

Y están hechas de futuro, de momentos que deben ser vividos y que están esperando su oportunidad.

Y cuando dos almas se acercan hasta tocarse... cuando comparten cicatrices y éxitos, cuando comparten ilusiones y sueños, cuando comparten esperanza y minutos que han de venir, esas almas se unen y se hacen solo una. 

Lo explica muy bien Laura Esquivel en Como agua para chocolate:
Todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderlos solos... necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos. Por un momento, nos deslumbra una emoción intensa. Una tibieza placentera crece dentro de nosotros, desvaneciéndose a medida que pasa el tiempo, hasta que llega una nueva explosión a revivirla. Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas explosiones para poder vivir, puesto que la combustión que ocurre cuando uno de los fósforos se enciende es lo que nutre al alma. Ese fuego, en resumen, es su alimento. Si uno no averigua a tiempo qué cosa inicia esas explosiones, la caja de fósforos se humedece y ni uno solo de los fósforos se encenderá nunca.

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